Acaba de aparecer la edición nueva de la pecera, Una obra del dramaturgo Toni Cabré, que sitúa lectores y espectadores ante la impiedad insensible de los mecanismos de microdestrucció cotidiana de la empresa neoliberal, y lo hace plantándose ante la «pecera» de un grupo de informáticos desbordados.

Toni Cabré.

Sin duda, hemos normalizado el fascismo corporativo. Y, sin duda, hemos normalizado la idea de que, en una sociedad democrática, todos los agentes sociales están obligado a actuar democráticamente menos las organizaciones jerarquizadas, que, en efecto, rigen la mayor parte de la vida en sociedad. No hablo, evidentemente, de la idea pueril que un ente es democrático si las decisiones se toman por votación !, claro que no: hablo -el resto es ruido- del principio fundamental según el cual los individuos que viven en una democracia han ser tratados siempre como «personas». Es decir: que su dignidad humana debe ser, siempre, preservada.

El fascismo corporativo, sin embargo, ha sido cuestionando y demoliendo sistemáticamente este principio. Y ha dado un paso más, aunque, mediante una generalización perversa, que viene a decir: si el fascismo es bueno para las organizaciones -que no lo es, eh! -, es bueno para la política. (Y ganar unas elecciones no es, en su lógica, un problema relevante. Hay maneras.)

He aquí que los líderes de las dos potencias militares del final del siglo XX sean dos emblemas de este fascismo corporativo: uno proveniente de la dirección de unos servicios secretos corruptos y el otro, de una empresa privada corrupta. Putin y Trump han elevado los foros internacionales (bélicos o económicos) el terror despótico que campa por los despachos de los ejecutivos y las salas de interrogatorio.

El origen y el reservorio de este fascismo sigue estando, en efecto, a los espacios de trabajo de las empresas verticales. Y el mecanismo de aplicación de sus dinámicas sigue siendo la cizaña: el enfrentamiento caníbal entre las víctimas. Y, en este marco, pienso, es donde vibra de sentido y de escalofrío la pecera (2018, Cuadernos de la Fuente del Caracol).

Toni Cabré (1957) ha visitado y revisitado los entornos informatizados de la sociedad digital en diferentes textos, como repasa la excelente prólogo de Francesc Massip que abre el volumen. A la pecera, La acción transcurre en el departamento informático de una empresa bastante grande, que se ve abocado a la extinción, como consecuencia de un ocultado (pero inminente) proceso de externalización del servicio.

El tema de la obra es el poder ciego (o el autismo autoritario), pero este entorno masculinizado de analistas y programadores aporta a la obra colores y ecos de un mundo tan áspero como revelador en términos de ficción, como ya demostraron, por ejemplo, las aventuras disruptivas de una serie televisiva, de culto casi patológico, como IT Crowd (2006-2010).

Cabré, aquí, transita entre el drama de personajes dehuis clos y la comedia negra contemporánea, con determinación y fluidez: no muy lejos, y lo digo sobre todo por así decirlo, de los juegos de violencias mal gestionadas de un Martin McDonagh. Massip, más afinado, en el prólogo, apunta: «Cabré es un meticuloso constructor de laberintos dramáticos hechos de revueltas insospechadas, en las sinuosidades de los que hay suelta los personajes que se esfuerzan por encontrar la salida.» Ahí está: violencia latente y revuelta espontánea, sí.

la pecera es una reescritura de un texto anterior del autor, revisado y retituló, en diferentes fases. La última versión, que ahora se publica, fue llevada a escena en el año 2016 en el Versus Teatre, en un montaje dirigido por Óscar Molina. Y si las previsiones actuales se confirman, el montaje devolverá a los escenarios próximamente.

Libro y montaje son oportunidades buenas para encararse a una fábula radical, que pone rostro a la tiranía invisible más devastadora de dignidades, en la paz fingida de las sociedades democráticas (dichos) avanzadas. Es una tiranía pandémica, humillante, hecha de componentes reiterados: secretismo táctico, mentiras enmascaradas, coacciones laborales (con el índice de paro como facilitador de la intimidación) y, sobre todo, obediencias serviles portadas, permanentemente, al límite.

Los referentes de las mafias o las religiones submissives son insoslayables, como tradiciones de referencia. La diferencia es que los mafiosos, de alguna manera, se benefician de la publicitación de sus crímenes, mientras que las sectas perversas combaten retóricamente (de manera incansable) para preservar el aura de inocencia. En la empresa de la pecera, Que no tiene la atención de los media, Los efectos negativos en la reputación corporativa, como tercera vía, ya se gestionan desde la absoluta indiferencia: conscientes de que su poder se ha hecho incontestable.

No quiero desvelar giros ni trazas argumentales de la obra. Pero el lector encontrará, recreada, y sin dudas, la constatación del gran error emocional (o sea, político) del proletariado cualificado, y desclasado, de nuestros días. Como dice el personaje más veterano, sobre la empresa que ahora la acosa: «Cuando empecé, pensaba que me tendrían por una persona …»

 

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