El escenario Joan Brossa de la Seca ha estrenado una adaptación literaria digna de Nobel. Joan Cusó, Histórico fundador de la compañía de teatro del gesto Vol Ras, dirige Voces de Chernóbil, Que se coció el curso de 2017 en el Instituto del Teatro y aterrizó en La Seca hasta el próximo 30 de septiembre.

‘Voces de Chernóbil’, espectáculo que se puede ver en La Seca hasta el 30 de septiembre.

 

Un bombero de Chernobyl como hubo tantos otros

Pocas historias me han impresionado tanto como la que abre La oración de Chernobyl de Svetlana Aleksiévitx. Liudmila Ignatenko se casó muy enamorada, cuando tenía 23 años. Dice que el marido y ella iban cogidos de la mano incluso para comprar el pan. Cuando el reactor de la central explotó, su marido bombero acudió a apagar el incendio radiactivo con mangas de camisa. La Liudmila, embarazada, acompañó el marido durante los 14 días que precedieron la muerte de él, convertido ya no en hombre sino en desecho radiactiva. La niña que Liudmila llevaba en el vientre murió, y la Liudmila está enferma desde el accidente nuclear. Parece el mito de Dafne y Apolo, pero fue la historia de muchas mujeres y de sus maridos, “héroes” de una patria que les engañó y que no se ocupó nunca bastante de las necesidades de los afectados. Dentro de unos años, alguien escribirá sobre Fukushima.

El espectáculo Voces de Chernóbil comienza, en la sala más aristocrática de La Seca, con una coreografía: el baile imposible de Liudmila y su marido que nunca pueden llegar a tocarse, separados por la radiactividad. De fondo vemos una pantalla, una presentadora de televisión bielorrusa. Un títere en forma de mujer vieja soviética se cuela en la pantalla. La volveremos a encontrar: ella representa los viejos que quedaron en la zona radiactiva de Chernobyl, solos y solas, acompañados sólo por los lobos y los animales que volvieron.

Chernobyl en datos y un espectáculo de títeres

Antes de que comience el espectáculo, nos proyectan los datos: 800.000 soldados soviéticos de una media de 33 años murieron a causa de Chernobyl; de cada 100.000 habitantes de Chernobyl y alrededores, 6.000 están enfermos (de cáncer, pero también de otras patologías vinculadas a la radiactividad); el sarcófago difunto que contenía el reactor aún late y emite las radiaciones correspondientes; Rusia sigue escondiendo muchos datos de la misma manera que quitó hierro al accidente cuando éste tuvo lugar el 26 de abril de 1986. Cientos de pueblos ucranianos y bielorrusos fueron desalojados (del todo? No, hay abuelos que volver) y borrados del mapa debido a los efectos de la radiación sobre absolutamente toda forma de vida.

Y además, no lo parece. Los datos dan escalofríos, y en cambio de entrada nadie se lo esperaba: todo el mundo temía la guerra, pero hasta 1986 eso de la radiación no sabían lo que era. Días después del accidente las lombrices de tierra desaparecieron, y también las abejas. Pero el sol brillaba igual y los campesinos continuaban cultivando el campo. A partir de esta paradoja entre horror y rutina serena Aleksiévitx construye un relato periodístico que de base no difiere mucho del enfoque teatral que ha hecho la compañía Potcuia. Me explico. Los actores y actrices cantan, pintan, trabajan en cadena para cubrir de arena el reactor. Una niña sabe que se va a morir pero no llora.

Una escena de ‘Voces de Chernóbil’, espectáculo que se puede ver en La Seca.

Adaptar el horror histórico en el escenario

Alfred Casas ha construido los títeres de las abuelas soviéticas y el lobo y los animales y las ha dotadas de una expresividad afable, pero no lo ha hecho él solo: en el escenario, las manos de dos de los actores o actrices consiguen hacernos creer que estamos ante estas señoras, víctimas de Chernobyl como lo fueron todos los seres vivos de su entorno. La palabra víctima suena grande, pero los títeres os harán sonreír.

El gran acierto del espectáculo es la aparición del lobo, los títeres, de todos los inventos que la compañía utiliza para explicar unas historias que de tan duras son inexplicables. Cuso y sus ex alumnos, constituidos ahora como compañía Potcuia, consiguen escenificar y presentar con ligereza unas historias reales de una injusticia tan grande que difícilmente podríamos tragarnos en forma de tragedia. La dramatización del texto de Aleksiévitx ha hecho de manera colectiva y la selección de las historias que se cuentan es equilibrada, ni demasiado larga ni demasiado corta, sin sobreabundancia de historias de niños enfermos, por ejemplo. Por otra parte, la construcción del montaje teatral a partir de elementos diversos que van desde el vídeo, la música, las actuaciones de títeres, el recital y la actuación, es de un buen gusto remarcable.

Vaya a ver Voces de Chernóbil. No os asustéis por el que retrata ni tenga miedo de que la cena de después os sienta mal: es historia, la historia de todos que aún no está terminada: muchos estados han invertido por las nuevas obras que habrá que hacer en el reactor, un reactor en llamas que distribuyó radiactividad hasta miles y miles de kilómetros a la redonda. El espectáculo es breve, imaginativo y tierno: una lección y un ejercicio de memoria histórica y de empatía, que probablemente es el sentimiento del espectador por excelencia.

 

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