Desde los epígrafes y hasta el punto final, quien lea Hormigas Salvajes y suicidas (Acantilado, 2017) estará obligado a sospechar de cada palabra, de cada nombre, de cada objeto. Deberá estar dispuesto a asumir el rol de detective, no podrá evitar entrever todo tipo de significados detrás de lo aparentemente contingente. A veces sus sospechas se verán confirmadas unas páginas más allá; otros, la mayoría, no tendrá más remedio que resignarse ante su falta de intuición y aceptar, como el ex inspector de policía Blaya, que ha caído de cuatro patas dentro de una telaraña de ficción en la que, sin saberlo, está siendo utilizado. De repente se sorprenderá de estar cumpliendo, no del todo en contra de su voluntad, pero sí engañado por una máscara de azares, una función de fines inciertas.

El escritor A. G. Puerta | Foto: Acantilado

Y es así desde antes del principio: no es posible ignorar la relación entre A. G. Porta y el escritor chileno Roberto Bolaño. El título de la novela y los epígrafes lo confirman: Dos hormigas salvajes y suicidas. Belano y Lima … es un minúsculo fragmento del cuento de Bolaño El viejo de la montaña. Belano y Lima son, a la vez, los coprotagonistas de una de las novelas más famosas y celebradas del chileno: Los detectives salvajes. Decidme neurótico, pero no puedo dejar de ver una correspondencia evidente entre aquella dupla de jóvenes poetas errantes, perseguidores de sombras, y el dúo de personajes que forman los policías retirados (detectives) José Blaya y Lalo Lucena. Es la extraña y desconcertante relación que mantienen estos dos jubilados de actitudes y personalidades antagónicas lo que verdaderamente estructura la trama de esta novela: como Belano y Lima por la Ciudad de México de mediados de los 70, Blaya y Lucena recorrerán ( eso sí, a ritmo de jubilado) la Barcelona de principios de los 2000, antes de la crisis, siempre contemplada desde una mirada obstinada en el recuerdo y desesperanzada por la proximidad inevitable de la muerte, siguiendo el rumbo del azar para itinerarios laberínticos en una búsqueda constante y obsesiva de sí mismos y de un final que los redima.

El marco narrativo de todo es el de un informe o carta (no queda del todo claro) que la policía Albertine le escribe, de manera póstuma, al coronel y experto en geopolítica F. Resano, Fallecido recientemente. Así pues, el lector asimila el inquietante papel de ser el destinatario de un texto escrito para un difunto. En esta carta o informe, Albertine relata, retrospectivamente, las conversaciones que mantuvo con el agonizante ex inspector Blaya durante las horas que pasaron juntos vigilando una casa dentro del marco de la operación policial Hormigas Salvajes y suicidas. Es a partir de las impresiones de Blaya que conocemos la figura inclasificable del extravagante Lalo Lucena, un ex agente de los servicios secretos que vive en una autocaravana. Al contrario de su colega, que se pasa los días fumando, tosiendo, coleccionando esquelas y siguiendo estrictamente sus costumbres cotidianas, Lucena es un firme luchador contra cualquier tipo de rutina insustancial, hasta el punto de adoptar diferentes personalidades y de poner en duda su propia historia desde el comienzo, haciendo que en él entre en crisis cualquier concepto de identidad. En el personaje de Lucena, gran aficionado a la tauromaquia y al boxeo, confluyen todo tipo de gustos y referencias culturales diversas, desde lo más culto y elevado, como el gusto por la música de Bach y Rajmáninov, La lectura de La guerra de las Galias de Julio César o el cine de autor, a las más vulgares, como su obsesión por la pornografía barata, su adicción al sexo de pago, o la lectura compulsiva de las novelas fulletonesques de cowboys de un tal Marcial Lafuente Estefanía.

Como en todo buen informe, la escritura analítica y desapasionada propia del género no da, ya hacia el final, en una segunda instancia narrativa: los apéndices, formados por las cartas y postales que el coronel le enviaba a Blaya desde todo la geografía planetaria, así como los e-mails que Lucena enviaba, haciéndose pasar por un editor de revistas de “pornografía intelectual”, a su admirada Katie Morgan, Su pornstar preferida. Ambas correspondencias, al no recibir ningún tipo de respuesta, terminan adoptando la forma de una especie de diario que ofrece una relectura paralela y complementaria de la misma trama.

Bajo la máscara de la novela policíaca y sin renunciar a la intriga inherente al género, AG Porta nos ofrece toda una reflexión sobre la vejez, la soledad, la venganza y las diferentes actitudes que pueden adoptarse ante la inminencia de la muerte y de la urgencia de encontrar un significado a finales de la propia existencia; la necesidad de un autoengaño lo suficientemente razonable como para soportar el peso de la evidencia de lo irónico, trágico y profundamente patético de la vida, y que nos permita irnos en este mundo con la conciencia más o menos tranquila y la sensación, por ilusoria que sea, de haber cumplido nuestro deber.

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