La imaginación de los creadores de formatos televisivos es como la Biblioteca de Babel de Borges: A base de iterar todas las permutaciones posibles, acaba pareciendo infinita, pero sólo un ínfimo porcentaje de lo que encierra es realmente valioso. Al igual que el protagonista del cuento, perdido en la inmensidad del archivo, el tevetresí constata que el conjunto «razones para que un presentador de TV3 entre a tu casa» es mucho más vasto de lo que habría supuesto y, cuando se pensaba que ya lo había visto todo, se topa con una sutil variación: ser un catalán en el extranjero, ser un extranjero que habla catalán, caerle simpático a Joan Maria Pou, Etc. Esta temporada, TV3 ensayará la enésima entrega de este catálogo de pseudoraons con Mis padres, La premisa es «ser progenitor de un famoso catalán».

La premisa es «ser progenitor de un famoso catalán». |

El espacio supone el retorno de Gemma Nierga como presentadora en la cadena catalana 20 años después. Nierga hace valer su veteranía a la hora de conducir el programa, con una naturalidad que sólo se consigue después de años trabajándola y, sin resultar irritante ni intrusiva, mujer temple televisivo a conversaciones costumbristas que necesitan un empujón. Después de todo este tiempo desaparecida del ecosistema mediático catalán, con un paso inevitablemente discreto para 8TV durante la pasada campaña electoral, la elección de Nierga resuena con el intento de que TV3 hizo la temporada anterior de recuperar Nuria Roca, Demostrando la vocación de oxigenar el panteón de caras catódicas con figuras que se han pasado los últimos lustros en medios castellanos. Soy incapaz de valorar el impacto emocional del efecto «regreso a casa», porque Nierga no es ningún referente mediático de mi generación, que en sí mismo señala la filosofía conservadora tras el producto.

Como síntoma cultural, Mis padres representa una etapa más de la carrera sin frenos de los documentales de entretenimiento (docutainments, Que dentro del sector hay un anglicismo para todo) para reducir al máximo su mitad «documental», y fiarlo todo al infame culto a «la experiencia personal». En este contexto de glorificación de la subjetividad y los lugares comunes emocionales, el programa saca petróleo empático de la universalidad de las relaciones entre padres e hijos, sumándole una dosis de pornografía democrática al ver que los famosos se criaron en un hogar de lo que llamamos clase media y que, por tanto, el catalán dream está al alcance de todos nosotros.

El formato funciona? Depende del famoso y depende de los padres pero, en general, sí. Sobre todo, gracias a dos vectores que se ejemplifican perfectamente en el primer capítulo, en el que conocimos a los padres de Quim Masferrer. Por un lado, el valor televisivo de la vejez, que rebaja el sesgo juvenil del medio a favor de la exageración y el sentimentalismo, dejando situaciones más sobrias y auténticas que otros tipos de historias personales. Nierga no pide más pan que queso, y los padres no deben sobreesfuerzo para impresionar a nadie, que por algo ha de servir la edad. El otro clave es la gestión de la vulnerabilidad. Exponiendo al famoso a la conversación previa con los padres en la que él o ella no ha participado, se crea una sensación de pausa que conmueve al hijo y, supuestamente, nos permite verlo menos como personaje y más como persona. Como soy escéptico sobre esta distinción, porque sospecho de la posibilidad de «ser uno mismo», me limito a constatar que Mis padres sabe escenificar el clímax emocional sin jugar con él y eso, en este tipo de programas, ya es suficiente.

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