el teatro Tantarantana tiene, oficialmente, dos salas: la Baixos22, Para obras mayores, y elÀtic22, Para propuestas más pequeñas y, si se quiere, más alternativas. Ahora, habría que sumarle una tercera: el Terrat22. Literalmente, la azotea del edificio, que este septiembre acoge una delicia de espectáculo, de título infinito pero de factura íntima: Si tuviéramos más torta te demostraría como te quiero. Hasta el día 23 de septiembre, Los viernes, sábados y domingos. Sólo son nueve funciones (cuando se publique esta reseña solo quedarán seis), así que hay que correr!

Los dos protagonistas de ‘Si tuviéramos más torta te demostraría como te quiero’, en el Tantarantana.

Si tuviéramos más torta te demostraría como te quiero podría incluirse en el movimiento #MeQueer. Dos chicos se aman, pero no se lo dicen. Sólo se lo demuestran-y de aquella manera- a escondidas, porque tienen miedo de su entorno. Una relación encubierta donde pesa más el qué dirán que sus sentimientos más genuinos. Del dramaturgo irlandés John O’Donovan, Esta pieza, estrenada apenas hace dos años en el Old Red Lion Theatre de Londres, llega a Cataluña adaptada por Alberto Díaz y Gemma Beltran anieto. El primero, además, se reserva la dirección, y la segunda, la traducción.

Miki (Marc Balaguer) Y en Rai (Pablo Escobar) Acaban de atracar una gasolinera. El botín hace reír: 16 euros, un frasco de J & B, otra de Jack Daniel ‘s, una Coca-Cola y un par de bolsitas de Lacasitos. Pero suficiente para que la policía los persiga. Se esconden en una azotea, huyendo de las sirenas. Y esperan. Esperan que la pasma toque el dos. Y pasa el tiempo. Concretamente, una hora y cuarto, que es lo que dura la función. Setenta y cinco minutos para que los amigos hablen de que los une. 4.500 segundos para que se sincera y afloren algunas verdades.

Miki y en Rai no son modelos de pasarela ni se ponen colonia. Seguramente nunca han pisado un museo, y ni mucho menos una galería de arte. No se sabe ni si trabajan, en caso de que lo hagan. Si vivieran en Barcelona, ​​el Circuito les quedaría muy lejos. Son chicos de una ciudad deprimida, de un barrio posiblemente marginal, donde la ley de la calle ordena pegar antes de que te peguen, y donde la defensa de tu honor implica enviar alguien en coma en el hospital. Son básicos y primarios, como todo su círculo, pero saben que son (sin sentimiento de culpa) y tienen la clarividencia suficiente para saber que los liga y que las cosas no pueden seguir igual. «Te da miedo ser quien eres», desafía uno de ellos. «Marchar es fácil. Se deben tener huevos para quedarse «, le suelta el otro.

‘Si tuviéramos más torta te demostraría como te quiero’, en el Tantarantana.

Hacía tiempo que este cronista no iba al teatro y presenciaba un silencio tan sepulcral. Los cuarenta espectadores que caben en la cubierta del Tantarantana ni respiran, apenas parpadean, pendientes como están de las miradas y de las caricias invisibles que se intercambian los dos protagonistas. Un espacio único (de noche), sin escapatoria, atrapados como los dos personajes. Somos testigos de arrebatos de pasión contenida, celos, seducción disfrazada de violencia, tropeles de quien quiere y no puede, tentativas de franqueza, conatos que arrancan y no terminan, y, de vez en cuando, una licencia para el afecto y la ternura.

Balaguer y Escobar están magníficos. A pesar de su juventud, los dos actores se enfundan en unos papeles que podrían rayar la caricatura, pero que gracias a su interpretación están en el punto justo de madurez. La obra huye de los estereotipos para adentrarse en el alma de dos perdedores que luchan por salvarse. De los otros, también, pero, sobre todo, de sí mismos. Si tuviéramos más torta te demostraría como te quiero -título bastante elocuente- está llena de verdad y delicadeza, y los jóvenes intérpretes la defienden con valentía desplegando todos los matices y todas las aristas -a menudo punxegudes- que esposa los personajes a una realidad de la que quieren escapar de ella.

La obra se vio sólo dos días el pasado mes de junio al ciclo Azoteas en Cultura, En aquella ocasión en el barrio de las Tres Torres. Ahora aterriza en su antítesis, el Raval, en un escenario más ad hoc a su contenido, donde incluso las sirenas y las luces de policía que activa el técnico de sonido se camuflan con las auténticas que resuenan en el horizonte. Harán una brevísima temporada (sólo nueve funciones) en el teatro de la calle de las Flores, pero se merecen encontrar otro azotea que los cobije.

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