Esta mes de septiembre podemos encontrar en la mesa de novedades de las librerías cuatro novelas que ponen en cuestión el instinto maternal. Una de ellas es El hilo invisible de Gemma Lienas, pero también encontramos personajes de mujeres que renuncian a la maternidad a permafrost, DeEva Baltasar, Sara y los silencios, de Maria Escalas y El cielo no es para todo el mundo, de Marta Rojals. No son mujeres que no pueden tener hijos, sino que no quieren ser madres. Me gustaría hablar de estas cuatro novelas y reflexionar sobre esta coincidencia, que puede ser casualidad o quien sabe si síntoma de algo. He hablado en el espacio Lecturalia de Cataluña Radio.

Eva Baltasar © Ester Roig

El hilo invisible de Gemma Lienas es de las cuatro novelas citadas la que formula de manera más explícita una cierta militancia feminista tras la decisión de renunciar a ser madre. Julia, la protagonista, hace todo un proceso de descubrimiento que la lleva a concluir que en otras épocas las mujeres han vivido atrapadas en un mandato social que todas entendían como biológico, como natural. «Ser mujer implicaba necesariamente ser madre, no tenías otra opción», dice Lienas. Julia desmonta este supuesto instinto maternal como una construcción social. Este personaje, de 31 años, de hecho se podría leer como la Carlota adulta, el personaje de las novelas juveniles de Lienas, que tiene una educación feminista o que descubre su feminismo a El diario violeta de Carlota. Digamos que Julia ha tenido la misma educación sentimental de Carlota. La decisión a Julia le cuesta una relación con su compañero, diez años mayor que ella, que quiere tener hijos a toda costa. En esta novela el reloj biológico lo tiene el hombre. Julia no sufre nada, aunque en algunos momentos tiene pesadillas en las que se imagina que tiene una hija y se le extravía el parque …

Después, este otoño, conoceremos dos personajes que se llaman Sara. Tanto Sara Costa de Marta Rojals como Sara de Maria Escalas han renunciado a ser madres. Sara Costa, una de las protgonistes deEl cielo no es para todo el mundo, Hace una carrera fulgurante en una compañía aérea. No es que sacrifique la maternidad a causa de la profesión, sino que ya no ha tenido nunca inclinación de dejarse llevar por este instinto maternal, si es que existe. Ella que trabaja en una compañía aérea, no puede soportar nada que la ate demasiado en la tierra: «liberada de la gravedad del cuerpo, de este cuerpo naturalmente preparado para pesar sobre la tierra, para dejar sangre y dolor y placentas como sacos de raíces, Sara ha renovado el voto de pertenecer al aire «. Sara tiene una hermana gemela, Eva, que en cambio sí que ha sido madre desde muy joven. Creo que el nombre de una y otra lo dice todo. Eva es una madre primigenia, Sara, como la figura bíblica, una mujer de fecundidad tardía, que concibió Isaac, hijo de Abraham, a los noventa años. Pues bien, Sara Costa es una mujer a la que, sin tener hijos propios, le salen hijos por otras bandas. Su compañero descubre que tiene una hija de una aventura fugaz que no conocía, y su hermana Eva le pide que le ayude a recuperar a su hija extraviada, su sobrina y ahijada Ona, que justamente está embarazada. La Ola es como la hija que no ha tenido, y sobre la que tiene la ascendencia que puede tener una tía que despierta admiración. Un poco como aquella figura del poema ‘El tío’ de Gabriel Ferrater. El cielo no es para todo el mundo, De Marta Rojals es una larga preparación para la conversación entre Sara y Ona, que llega hacia el final de la novela, y que no pienso contaros aquí. Sólo os diré que en esta historia pasan muchas cosas y que se debe leer con atención porque vale mucho la pena.

Maria Escalas

Después tenemos la protagonista de Sara y los silencios, De María Escalas, una de las sorpresas de La Semana, y de la que ha hablado muy bien Anna Carreras en Nube. En una entrevista que he hecho yo mismo a la autora, Escalas, nacida en 1969, me decía que ella pertenece a la primera generación de mujeres que han podido elegir si querían ser madres o padres. María se pregunta por qué no leemos novelas escritas por hombres sobre hombres que dudan si deben ser padres o no … Recuerdo el Parevostre de Pau Vidal, que acababa con un padrenuestro subversivo que era el antimanifest de la paternidad, pero es cierto que no encontramos muchas.

A la protagonista de Sara y los silencios le pasa un poco como la Sara de Abraham, que se piensa que ya es demasiado grande para ser madre. De hecho, había renunciado explícitamente de joven en abortar cuando estaba embarazada y eso le complica la mirada emocional sobre su maternidad. Ahora bien, la gran prueba que vive Sara en esta novela no tiene tanto que ver con la condición de madre, sino que es la lucha contra un cáncer de mama que le supone la ablación de un pecho. Y aquí la novel.la tiene momentos muy potentes en que ella se imagina amamantando a un bebé (el hijo que abortó precisamente) y la rabia de este hijo nonato por no haber nacido: «Le ves a los ojos una mirada de fuego. Sientes un mordisco en el pezón. Ha abierto la boca, sus colmillos te desafían «. Es por tanto un bebé con colmillos. Y continúa: «No puedes hacer nada. La bestia te arranca el pezón de un mordisco, y se atraganta con tu sangre y continúa mordiendo, y tu te miras el pecho, y lo ves negro y carcomido «. Una imagen sobrecogedora, la de la hoja que le arranca el pezón, que es justment el pezón que le han extirpado con la mastectomía.

Sara, sin embargo, se reconcilia con el instinto maternal cuando nace la hija de su amiga Cristina y, como que viven juntas, experimenta la maternidad vicariamente, a través de la criatura de otra. La maternidad, pues, se abre camino a través de una amiga, que le permite ejercer el rol de cuidadora, de madre, en definitiva. Contemplando el niño de su Cristina, dice: «Con una criatura durmiendo no pasa el tiempo. Los bebés, como el mar, como el fuego, podrían ser contemplados durante horas sin que nos canséssim «. La pequeña Eugenia la reconcilia con la madre que no se atrevió a ser. Es un factor reparador más de una novela que es la historia de una curación.

No quiero terminar sin referirme a permafrost, De Eva Baltasar, premio Llibreter. Como sabéis, la heroína de esta novela no tiene nombre y eso ya es muy significativo, porque es la historia de una mujer que quiere borrarse de la faz de la tierra, no quiere vivir. Con esta pulsión suicida es obvio que tampoco tiene un instinto maternal muy vivo, y lo hace explícito más de una vez a lo largo de la novela, cuando dice por ejemplo: «La familia es un disolvente de la intensidad de la vida» . O cuando afirma: «La bondad o la maldad son términos relativos ante un imperativo como el amor de madre. Juro por todos los dioses no tener hijos «. Hay todo un capítulo de la novela que contiene únicamente esta sentencia demoledora: «Hoy he sabido que la muerte es transferible». Nos viene a decir, claro, que a luz es dar la vida pero también la muerte.

Gemma Lienas. | © Premio BBVA San Joan0000

Con todo, la protagonista de permafrost también se ablanda, al final de la novela, cuando conecta con su sobrina Claudia, afectada de una ceguera temporal. La vela en el hospital como si fuera hija suya. En cierto modo, esto no frena su impulsa suicida, pero le da una fuerza que no tenía antes. Y terminaré con una frase que seguramente suscribiría la protagonista de permafrost, Pero que no la dice ella, sino que la digo yo: «En este mundo sólo hay dos cosas: madres y guerras. Y si el mundo aún es mundo es porque las madres son más fanáticas que las guerras «.

 

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