Vicente Pena, Eduard Verger, Josep Lluís Roig. Son en la parada cosecha valenciana de La Semana del Libro en Catalán y los tres estrenan poemario. No conozco ninguno, ni tampoco conozco mucho los novelistas que suben a la tarima después: Joanjo Garcia, Mariló Álvarez, El periodista David Miró, El traductor Carles Malet, El novelista Manel Alonso. Todos juntos forman la cosecha de escritura creativa valenciana de este año.

La cosecha valenciana de La Semana | Foto: Julia Bacardit

De Ausiàs March en la poesía de un personaje sin memoria

Vicente Peña es autor de El efímero y lo eterno (Ola ediciones, 2018), galardonado con el Premio Antoni Matutano-Vila de Almassora. «Hablo de cosas de poca duración como la vida y de larga duración como la muerte», dice Peña. Su último poemario combina sonetos, la composición poética occidental por excelencia, con las vallas rimadas, que son una ampliación del haiku. «He hecho un casamiento oriente / occidente». El presentador hace referencia a los versos libres que Peña ha publicado en otros poemarios y clasifica el poeta dentro del realismo intimista.

Saltamos. Toca el turno de José Luis Roig, profesor y autor de Luz de cortocircuito, que ha sido premio Mallorca. El título promete. Es su undécimo poemario (undécimo! Cuántos poemarios puede escribir alguien sin que ni siquiera se le conozca?) Y en realidad tenía que ser una novela sobre adicciones. Se puso a escribir en primera persona por «no juzgar el personaje» y cuando se dio cuenta había creado Felipe Roig, un protagonista poeta. Roig explica que la literatura del yo no da para escribir más de un libro cada tres años como mucho y que por ello ha optado por crear un personaje. Confiesa que se siente extraño con esta poesía, es como si la hubiera escrito otra persona. Poemas sobre la memoria y el olvido, que son fenómenos propios de los consumidores de drogas de verdad y que, en palabras del propio Roig, también son propias del País Valenciano: «mi padre era agricultor, Campesino, pero de todo esto no queda nada: mis alumnos no saben nada. Se han perdido palabras, y el mismo que le ha pasado a la lengua valenciana también le ha pasado a la gente «.

Eduard Verger publica elAntología de poetas valencianos del siglo XIV al XIX (Institución Alfons el Magnànim, 2018), que ya se publicó hace treinta y cinco años. El recoge no sólo sorprenderá al lector del Principado: también sorprenderá al lector valenciano, algo por la amnesia cultural valenciana a la que José Luis Roig ya ha hecho referencia. La antología reúne Ausiàs March y Jordi de Sant Jordi entre muchos otros nombres mucho menos conocidos, algunos propios de una época de decadencia, «aunque la palabra decadencia y renacimiento no guste a los críticos de los últimos tiempos, yo soy tradicional y creo que sí hay una disminución de calidad y una posterior renacimiento «. No se trata de una recopilación exhaustiva, dice: toda antología tiene un punto de arbitraria. Algunos de los poemas eran inéditos, y Verger les ha tenido que ir a buscar. Menciona algún poema desconocido de Lluís Cebrián Mezquita, renixantista valenciano. «Más que un erudito soy un lector de poesía curioso. Yo los poemas les había buscado donde fuera necesario «. ¿Qué sentido tiene, rehacer una antología? Esta segunda edición incluye la pieza de una mujer. Es sólo una entre decenas de hombres, pero hace treinta y cinco años quedó injustamente fuera de la antología, dice Verger: «sólo es una. Yo no me las puedo inventar «, se excusa. Me ha parecido un editor honesto.

Metaliteratura, novela policíaca, ciencia ficción, etcétera

La poesía cede el turno a la narrativa. Joanjo Garcia, Manel Alonso, Mariló Álvarez, David Miró, Carles Mulet. El Joanjo Garcia acaba de publicar La pornografía de las pequeñas cosas (Siembra Libros, 2018) una novela dentro de una novela premiada. Antes de subir al escenario, Garcia se me ha acercado y me ha dicho que no sabía cómo explicar su novela. Ha musitado algo de «cómo la ficción se construye a partir de discursos y como los discursos tienen siempre una carga ideológica». La obra comienza en un simposio de literatura pornográfica y en un momento determinado uno de los personajes comienza a escribir cuentos que se vinculan con la segunda parte de una novela. No saber explica la novela que has escrito puede ser un buen síntoma: si lo supieras explicar lo deberías explicado, no lo deberías plasmado en una novela; es aquello de la diferencia entre el ‘decir’ y el ‘mostrar’. Según la crítica, La pornografía de las pequeñas cosas trata de ideología de juventud, de hegemonía, de las formas de dominación que de entrada queremos destruir pero que acabamos para reproducir y fortalecer.

Entre las garras del gato (Ediciones 3i 4, 2018) es la novela casi policíaca de Manel Alonso. La trama se ambienta en Pouet, en 1954, y Pouet es el pueblo imaginario de la prosa de Alonso desde que escribió su primera novela. El año no es casual. En 1954 vuelven los soldados de la División Azul, los maquis se hacen más atrás en las montañas, se pone en marcha el engranaje de los planes urbanísticos franquistas que se harían efectivos los sesenta. El 54 también es el año en que el litoral valenciano comienza a cambiar radicalmente: pueblos de 9000 habitantes pasan a tener 19000, y el valenciano pasa ser la lengua de un porcentaje menor de la población, que se hace cada vez más bilingüe. «Intento recuperar el valenciano que se hablaba en la Huerta antes de los años sesenta», explica el autor. Todo esto lo hace con un asesinato que hay que resolver y «llepaetes» de otros géneros, dice Alonso.

Mariló Álvarez es la única mujer y es la autora más joven. La primera ola (Bromera 2018) es su primera novela y parte de un escenario apocalíptico, de una tercera guerra mundial que impulsa la juventud fuera de la Tierra. El núcleo de la historia es el éxodo hacia la luna, cuando los jóvenes se dan cuenta que los patrones de comportamientos que han llevado la tierra al desastre se repiten. «El avance tecnológico no sirve si no va acompañado de un avance sociológico,», apunta la autora. Así pues, el peligro ya no es la tecnología como posible arma de destrucción masiva: el peligro es aplicar la tecnología a ciegas como si fuera una poción mágica, sin fijarse en los problemas de base como la desigualdad social o el desperdicio de recursos.

David Miró es periodista y padre de una niña adolescente, hecho que la ha impulsado a escribir La hermandad, una primera obra de ficción feminista. Sin caer en el panfleto, dice, pero con el objetivo de que todo el mundo lo lea. Comenzó a escribir la novela en 2014, un momento en que el feminismo estaba mucho más desprestigiado que hoy, sobre todo después de la sentencia de La Manada y de la manifestación masiva del último 8 de marzo. Miró dice que el protagonista es un machista irredento, que nos pondremos nerviosas. No puedo evitar ver en Miró el padre preocupado por la hipersexualización de su hija, y no sé hasta qué punto el pánico protector de un padre puede garantizar una buena novela. En todo caso, la carrera profesional de Miró la avala y la curiosidad está servida.

La desmemoria de un hablar, el motor de una literatura

Carles Mulet cierra la rueda picadura de autores y poetas valencianos. Su caso es peculiar: en lugar de escribir en valenciano, ha traducido Rafael Chirbes del castellano. La fundación Rafael Chirbes le animó a hacerlo, consciente de la gran contradicción de la obra del valenciano: Chirbes estudió en Madrid y en otros puntos de España, y eso determinó su lengua de escritura . En su casa, Chirbes hablaba valenciano; más allá de la cuestión doméstica personal del autor, sus personajes de La buena letra «apenas entendían el castellano», dice Mulet. El acto termina con un punto de melancolía, porque Chirbes no ha sido a tiempo de leer sus personajes valencianos en la lengua que les es propia: «le hubiera gustado verlo», apunta alguien.

Cosecha es una buena manera de referirse a la parada de literatura valenciana. Poco que se vende la poesía, no creo que exponerla así a ritmo de entrevista picada sirva para vender más. La Semana expone autores como quien expone tomates. Ya está bien, porque todo el mundo quiere y merece una parte del pastel de la visibilidad. Dicho esto, de este acto me quedo con el olvido del vocabulario valenciano al que se refería José María Roig, con la emigración masiva que difumina la identidad popular y cultural hasta entonces mayoritaria, con la formación académica de un Chirbes que escribir toda la vida en castellano. Desde el Principado, la alienación hacia la propia lengua e identidad que viven los valencianos nos hace extraña: nosotros estamos menos extrañados del catalán, a nosotros nadie nos convenció que las palabras que definían nuestro pensamiento y nuestras relaciones hacían agricultor , o campesino, o pobre de espíritu. Allí sí, y este nervio vertebra la poesía y la prosa que se hace en nuestra lengua.

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