La escritura cerebral y los personajes diseñados bajo el signo de la melancolía harían que, de tener que servirse del antiguo -y bello, y por suerte aún significativo- símil estacional, buena parte de sus lectores eligieran otoño a la hora de ilustrar el temperamento literario de W. G. Sebald (Desde 1944 hasta 2001). Harían bien. Por eso me sorprende darme cuenta, ahora que vuelvo a Austerlitz (2001), libro profundamente elegíaco, que la narración toma como punto de partida un día de verano. No lo recordaba. Su narrador, o mejor dicho, su voz narrativa básica, comienza relatando una de sus llegadas a Bélgica, concretamente en Amberes, un radiante día de junio de 1967. También en Los anillos de Saturno (1995) -su otro libro hecho de un solo relato- Sebald había adoptado como referencia inicial la misma estación, pero de forma mucho más fundamental y, en consecuencia, si se me permite, más recordable: el narrador explica cómo , en las postrimerías de la canícula de 1992, emprendió una peregrinación por el condado de Suffolk (la mis en prose del cual, nos da a entender algún indicio y el calendario simbólico que rige la estructura temporal del libro, sí que empieza en otoño). Pero ha sido el verano inicial deAusterlitz lo que no recordaba, y es Austerlitz el libro del que hablaré a continuación.

W. G. Sebald. |

Nacido en 1944 en Wertach, Alemania, Sebald residió en Inglaterra a partir de los 21 años, donde desarrolló su trayectoria académica como profesor en la Universidad de East Anglia, en Norwich, y más tardíamente su obra literaria, escrita toda ella en alemán. Como es sabido, la prematuridad de su muerte en 2001 hizo que Austerlitz, Su último libro en prosa y el más excelente, quedase como el pico más alto de una literatura que, quizá, no había agotado todavía las posibilidades de superarse a sí misma. si Austerlitz es el libro más brillante del autor, como creo que acepta con unanimidad la crítica, es porque en él se aprovechan a la perfección todos los elementos que el autor ya había puesto en juego en sus libros anteriores, los que no se puede decir que sean inmaduros (Susan Sontag ya los utilizaba para responder afirmativamente a la pregunta por la posibilidad de la «grandeza literaria» en 2000). En el plano de la materia literaria, la persistente presencia de los muertos en la vida de los vivos, la historia natural de la destrucción, los exiliados delos emigrantes (1992). En el plano discursivo, la energía ensayística y la correspondiente documentación histórica y cultural, materias primas ya veces abrumadoras deLos anillos de Saturno que a Austerlitz adecuan a las exigencias de la construcción de un personaje que, sin abandonar el autor el terreno de la difundida frontera que separa la ficción de la realidad, está sujeto a una voluntad creativa más estrictamente novelesca ( «medio» que Sebald rechazaba en favor de la prosa, y, ciertamente, no por ningún capricho nominal).

Este personaje es Jacques Austerlitz, con quien conversa a lo largo de varios encuentros casuales la voz narrativa básica -la que llegó a Amberes un radiante día de junio de 1967 y que como primera persona indeterminada quiere corresponder, como el resto de narradores de Sebald ( y los de tantos autores a caballo entre el s. XX y el XXI), a una suerte de identidad autoral en la ficción narrativa. El año 1967 en Bélgica y, más adelante, en 1996, después de algunas visitas a Londres y una posterior pérdida de contacto, en Londres de nuevo, nuevamente por casualidad. Es en este último encuentro cuando Austerlitz deja atrás las enciclopédicas lecciones de historia de la arquitectura de época industrial y colonial, tema exclusivo de las conversaciones de antaño, para emprender el relato de la vida profundamente fracturada que habita en su interior; la propia vida donde no había podido zambullirse hasta la irrupción de un episodio de memoria involuntaria en escuchar, por la radio de una librería de viejo londinense, la conversación de dos mujeres que hablan sobre cómo fueron, de niñas, transportadas con transbordador de los Países Bajos en Inglaterra elverano de 1939.

Lo que sigue a partir de aquí es la búsqueda de los caminos de la devastación, perfilados en particular por el rastro de sus padres, por el rastro que dejan los desaparecidos antes de abandonar la Historia -albergues del horror más absoluto- y depositar a las fotografías, en derecho exclusivo, su finitud. Cuando al principio hacía referencia a la cerebralitat de la escritura de Sebald pensaba en la contención general con que bruñe sus largas subordinadas de orfebre, dotadas de una carga emotiva que muy a menudo roza una intensidad poco común. Así está escrito el relato de Austerlitz, y con la distancia que proporciona la estratificación del discurso, la«Escritura periscòpica» -tal como el autor llamaba este recurso en una entrevista con el crítico James Wood en 1997- aprendida de Thomas Bernhard, a quien el profesor de East Anglia leyó con admirable agudeza. Lejos del ensañamiento de aquel, pero bien asimiladas la tensión de su frase y la eficacia de la repetición, Sebald construye también una prosa graduada: la voz de Austerlitz llega al lector a través de la del narrador básico, ‘alter ego de Sebald, del mismo modo que los valiosos recuerdos de la niñera de Austerlitz, Vera Ryšanová, testigo de factura literaria fascinante, se leen desde la distancia que suman las voces de Austerlitz y el narrador. La operación resulta en una compresión textual, ya que el alter ego se convierte en una especie de referencia fija, pero paradójicamente, lejos de enquistarse, el dominio narrativo queda distribuido de manera que como decía con cierta ironía Sebald el narrador «nunca finge que sabe más de lo que es realmente posible «. Así se hace lugar, además, a una oblicuidad muy coherente y muy querida en el contacto con lo que se narra.

Si bien Austerlitz es en buena medida la escritura de lo que a Habla, memoria Nabokov llamaba «tramas temáticas» de una vida, el enturbiamiento que caracteriza a Austerlitz desde su aparición (y que también caracteriza el narrador) no se esclarece a medida que el personaje rastrea su verdad. Quizás porque comprender, como escribía Hannah Arendt, es un «proceso interminable» y, en consecuencia, sin «resultados finales». Sebald parece negar la posibilidad de «estar en casa en el mundo»; la Historia, dice en una ocasión Austerlitz, está atravesada por incontables y finas líneas hechas de marcas de dolor … Quizás la red que tejen es demasiado densa. Así, la introversión del texto se conserva, y con ella su otoño particular. como un segmento de vida -y eso es lo que creo que entiende Sebald cuando afirma que su medio es la prosa- Austerlitz abarca un espacio delimitado que, a pesar concretarse como texto, se resiste a una mayor clausura formal, permitiendo que sus extremos apunten a un antes y un después sin atar. Una sensible forma de hacer espacio a la melancolía, siempre fijada en su penuria. En el mundo de Sebald, el verano no es más que el otoño en potencia, una lánguidas aproximación al derribo.

En un artículo dedicado al poeta Ernst Herbeck, Sebald aseveraba que «la mayor parte de lo que se lee sin parar en la más reciente literatura parece ya insípido unos años más tarde». Curiosamente, ha sido en plena canícula que hemos recibido la noticia de que eleditorial flâneur llevará Austerlitz en las librerías este mes de septiembre, otra vez traducido al catalán y de nuevo a cargo deAnna Soler Horta, Que hace diecisiete años tradujo también los emigrantes. Brillante ocasión para entrar en contacto -o reprendre- con una de las voces más grandes de la literatura contemporánea. Y que el lector decida si Sebald ya parece insípido o no.

 

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