La costumbre del Gran Teatro del Liceo de ofrecer, antes de la inauguración oficial de la temporada operística en el mes de octubre, un espectáculo de danza parece haber arraigado con fuerza. Así, este tercer fin de semana de septiembre -el mes en que las escuelas reabren las puertas y la mayoría de trabajadores hace días que se han reincorporat-, el escenario de la Rambla acoge cinco representaciones de uno de los clásicos del género: la inspirada partitura que Ludwig Minkus compuso a partir de la novel.la de Cervantes. Estrenado con gran éxito en el Teatro Bolshoi de Moscú en 1869 -entonces con coreografía y ballet de Marius Petipa-, el título no ha dejado de deslumbrar, desde entonces, los amantes del ballet de todo.

Compañía Nacional de Danza (© Jesús Vallinas)

Compañía Nacional de Danza (© Jesús Vallinas)

El espectáculo de estos días, sin embargo, reúne otros titulares, como la primera reposición entera de esta obra después de muchos años por parte de la Compañía Nacional de Danza que, a su vez, también hacía mucho tiempo que no venía en el Liceo y que ahora lleva una producción estrenada en 2015 y recuperada el pasado mes de enero en la Maestranza de Sevilla, con repaso coreográfico de José Carlos Martínez sobre el original y debut, como miembro del cuerpo de baile, del catalán Miquel Lozano.

Está claro que los auténticos protagonistas de la velada tienen nombres propios: la japonesa Haruhi Otani, Recién ascendió a la categoría de solista, dio vida a Quiteria, el personaje que centra la trama de las bodas de Camacho -que es la que narra el ballet- con absoluta precisión técnica en las piruetas y una eterna sonrisa que cautivar al público. A su lado, Basilio destacó por la potencia en el salto y en el giro, así como por la elegancia en el Battu. Dulcinea respondió a los movimientos etéreos que le pide el contexto soñador en que aparece -sobre todo, en el segundo acto, onírico y intimista-, Mercedes hizo gala de carácter latino en las danzas españolas que protagoniza, mientras que Cupido hizo gala de ligereza y gracilidad de movimientos en la variación del segundo acto que se ha convertido piedra de toque de todas las bailarinas.

Por su parte, Don Quijote y Sancho Panza hicieron reír y sonreír desde la posición lateral desde la que se miran los acontecimientos, mientras que cabe destacar también la gran compenetración de la sección masculina del cuerpo de baile, sobre todo en las intervenciones los seis toreros que llenaron el escenario de color y de movimiento con sus capas.

En cuanto al foso, el asturiano Oliver Díaz sufrió la falta de costumbre de los directores españoles a la hora de enfrentarse a una partitura de ballet -sin duda, fruto de la falta o escasez de temporadas estables del género- y que se tradujo en ligeros desajustes en algunas de las cadencias. Con todo, extrajo todo lo que pudo de una Orquesta del Liceo a la que no habrían sobrado varios instrumentistas más.

Algunos de los miembros de la compañía tuvieron el acierto de pasearse, pandereta en mano, durante el segundo entreacto, por los pasillos de la platea para animar un ambiente que ya de por sí presentaba una buena temperatura. Caras más jóvenes entre el público que en las noches de ópera -muchas, probablemente, alumnos de escuelas de danza- y aplausos entusiastas al terminar para una compañía que volverá pronto en Cataluña: será en diciembre, y con otro los grandes títulos del repertorio, el clásico navideño el cascanueces, En Sant Cugat del Vallès.

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