Safor es aquel que hace safor, y la saforologia la ciencia que la estudia. Hipótesis de trabajo: desde Salvador Dalí a Jorge-Javier Vázquez, pasando por cualquier setas interrogado sobre el contenido de su cesta, la tendencia al saforisme está diseminada por toda la cultura catalana y, como decía el histriónico personaje interpretado por Lluís Marco al final de cada episodio de dinamita, La serie de sketchs del Tricicle, haríamos bien en reflexionar. Esto es lo que ha hecho Eloy Fernández Porta a El arte de hacer la raya (Anagrama), el must del ensayo para esta rentrée literaria, una obra que hay que celebrar exageradamente porque supone el primer libro publicado en catalán de uno de los intelectuales más interesantes y más agradecidos de leer del país.

Eloy Fernández Porta © Ester Roig

Y qué cojones es «hacer safor», dijo el pixapins? Empezamos bien, porque El arte de hacer la raya contiene, entre otras, una devastadora crítica cultural al centralismo barcelonés y al lado oscuro de la normalización lingüística. Carles Hac mor explica que «En las comarcas de poniente, hacer safor significa dar mucha importancia a algo todo alegrándose se, celebrándose la expansivamente […] Es la misma palabra que en árabe designa la comida nocturna que se hace durante el Ramadán, después de haber ayunado todo el día «. Fernández Porta huele que la cultura catalana podría exhibir esta inclinación hacia la exageración, y decide tirar del hilo con la metodología marca de la casa, que mezcla la meticulosidad de una tesis doctoral en sociología supervisada por Michel Foucault con la sátira, la reivindicación del lenguaje coloquial y la veneración de la cultura trash que esperaríamos encontrar en el Jueves.

El subtítulo de la obra nos indica que la investigación se hace a partir de la obra del artista Oriol Vilanova, Que en 2008 ya había realizado un proyecto sobre Donald Trump y que ha explorado la figura del Gran Hombre a través de su obra. Sumándose a la pulsión coleccionista y clasificadora que Vilanova exhibió en su exposición domingo, Formada por «más de 27.000 imágenes que convierten las dos plantas de la Fundación Tàpies en una gigantesca parada dominical minuciosamente clasificada, e inspirada por criterios dramatúrgicos», Fernández Porta nos propone su propia galería de personajes «arrebatados por el exceso», subsumidos en categorías más o menos científicas como el comerciante, el triunfador o el creador inmortal. Si nos tomamos la lectura del libro como el recorrido a través de una exposición de arte contemporáneo, entenderemos la combinación de afectación puramente sensorial, esfuerzo intelectual y trollejada que produce la lectura. La mezcla de placer y frustración que experimentamos al leer Fernández Porta seguro que se puede explicar con un término en alemán.

A diferencia de los ensayos que Fernández Porta publica en forma de artículos, que podemos leer habitualmente en Nube y en Jot Down, El arte de hacer la raya reduce la importancia de comentar la obra de referencia y multiplica la libertad asociativa del autor, transformando el libro en un 10% monografía y un 90% digresión creativa. Si la producción del artista catalán es un centro de gravedad, es una gravedad más bien lunar. Pero significativa: comparado con obras anteriores como En la confidencia, Que también es una historia cultural -esta, de la xafarderia-, el nuevo libro combina la pretensión de universalidad con una atención especial sobre la especificidad catalana. Encontraremos referencias al bueno y peor de la alta y la baja cultura globales, pero el retorno constante a la obra de artistas de proximidad lleva a Fernández Puerta a una productiva mezcla entre saforologia universal, que supone el grueso del tratado, y un buen puñado de catalanologia.

Eloy Fernández Porta © Ester Roig

En exageramos, los catalanes? Además de analizar los casos principatins del Libro Guinness de los Récords, el Diario de un Genio de Dalí, o el Catalanismo de Valentín Almirall, Fernández Porta remite a su experiencia educativa personal: por una criatura subida en Barcelona durante los años 80, con la normalización lingüística y la recuperación de las instituciones abolidas durante la dictadura a flor de piel, los impactos que remarcan el hecho diferencial son constantes . Y si la safor ya cotizaba al alza, sólo faltó que Samaranch dijera aquello de la ville de Barcelone. Para alguien sometido a una dieta cultural híbrida, deviene obvio que los catalanes hablan mucho más sobre el hecho de ser catalanes que los castellanos sobre el hecho de hacer castellanos y, por supuesto, si se habla de estas cosas es para hacerlo términos autolaudatorio. Aunque la exageración pueda ser una respuesta perfectamente comprensible a la minorización, Fernández Porta nos sugiere que quizá hemos dado demasiada de hacer la raya.

Ejemplo práctico: para un ponentí como Fernández Porta, el allanamiento lingüístico que exige la normalización se convierte en un embudo cultural por el que hay que pasar si se espera a comunicarse en el patio de la escuela. El exceso de celo fabriano de TV3 forma parte del mismo vector cultural, que convierte el barcelonés en la única lengua normal de la parrilla. Al igual que Adolfo Suárez decía aquello de la física nuclear y el catalán, a cuantos actores de comarcas les han dicho que un Shakespeare sin vocales neutras no puede ser serio de ninguna manera? La exaltación de lo que nos es propio, que demasiadas veces lleva implícito un desprecio por el otro, está en el origen de la televisión catalana, que contrapone -léase con la ironía suficiente-, «la telepedagogia avalada por Rosa Sensat con la escoria catódica en lengua agresora «, sobredimensiona las bondades nostrades y, demasiado preocupada de luchar contra el centralismo obsceno de Madrid, se olvida de luchar contra el centralismo propio. Lejos de hacer una llamada a la moderación, Fernández Porta significa que la exageración está bien, siempre que la apliques por igual al resto de culturas, desde la levantina a la cántabra. Y si quieres saber como una mala normalización lingüística contiene la semilla de fenómenos socialmente nocivos como Donald Trump, deberá comprar el libro.

El arte de hacer la rayaes una joya que hará xalar los lectores dispuestos a subirse a la montaña rusa intelectual e irónica que ha montado Fernández Porta. No podemos exagerar bastante el hecho de que un pensador de esta magnitud publique en catalán y, encima, nos ayude a reírnos de nosotros mismos. Leer Fernández Porta es aprender a ver los mitos sin la voluntad de desmitificarlos, sino de entender los efectos que estos crean en la realidad, ya que, en palabras del autor, «después de decir que el género es una construcción social, no salimos todos en la playa en bikini «. Su última obra persigue los múltiples efectos que el saforisme tiene en la cultura en general y en la catalana en particular y, si bien el mundo del arte es el eje central, hay que escuchar al autor cuando presenta la lista de Spotify que él mismo ha diseñado para acompañar la lectura: «las preocupaciones y las ocurrencias que se encuentran en el sector del arte -y que, a veces, al ciudadano que otro trabajo tiene pueden parecerle lejanas o excluyentes-, son por todas partes, hacen ir de culo a todo el mundo, y tos pensamos en todo momento, aunque lo hacemos con otros vocabularios y otras líneas de razonamiento; aunque no siempre las damos a tales preocupaciones -y esto es lo único, que yo sepa, que nos diferencia, nosotros, los peatones, los artistas-, formas creativas tan inesperadas, cautivadoras y, sí, exageradas «.

 

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