La temporada sinfónica del Palau de la Música se ha abierto, de manera exultante, con dos conciertos protagonizados por una esplendorosa Mahler Chamber Orchestra dirigida por Gustavo Dudamel. La relación entre el director venezolano y Barcelona empieza a ser de aquellas que hacen época. Más allá de los resultados artísticos, nada despreciables, del heroico ciclo completo de las sinfonías de Beethoven que ofreció el año pasado, algunas de sus apariciones, como aquella en la que interpretó una suntuosa sinfonía Turangalila, De Olivier Messiaen, aún resuenan en los oídos de los melómanos barceloneses.

Gustavo Dudamel

Esta intensa y fructífera relación entre el director y el Palau de la Música permite el lujo de seguir en detalle la evolución de un director que, a pesar de su juventud, muestra ya una madurez que explica su consideración como uno de los grandes nombres de la dirección actual. Tanto en cuanto al gesto como la expresión, el proceso de maduración de Dudamel es indiscutible, y en esta ocasión ha dejado síntomas más que evidentes. Por ejemplo, en las dos sinfonías de Franz Schubert que ha dirigido en la primera parte de los dos conciertos, en las que se ha podido apreciar la fluidez del discurso y la perfecta adecuación al estilo post clásico del compositor austríaco.

Con un gesto de una naturalidad y sencillez abrumadoras, en la tercera y quinta sinfonía de Schubert, Dudamel se ha mostrado como un perfecto instrumento transmisor, material conductor de un estilo y un lenguaje que la Mahler Chamber Orchestra domina a la perfección. El director permitió a la orquesta expresarse, dialogar, interviniendo sólo en lo esencial, favoreciendo así la expresión de una lectura fresca, incluso gozosa, de una música de inspiración inigualable. El primer día, con la quinta Sinfonía, Una obra de mayor entidad que la tercera del segundo día, dejó que la personalidad de la orquesta se expresara sin imponer un discurso hasta el tercer y cuarto movimiento. A partir del trío del tercer movimiento, la lectura de Dudamel tomó empuje para firmar un final extraordinario que abría grandes expectativas por la cuarta Sinfonía de Johannes Brahms que escucharíamos posteriormente.

Lo mismo se puede decir de la tercera de Schubert, el segundo día, de una perfección en el planteamiento y la ejecución poco habituales. Estos primeros platos schubertians permitieron disfrutar de la calidad de una orquesta sensacional en todas las secciones, con unas cuerdas de una sutileza y coloración absolutamente seductoras, unas maderas espléndidas -con mención especial para la sensacional flautista principal- y unas trompas impecables. En definitiva, un Schubert que fue un disfrute casi de principio a final.

la cuarta Sinfonía de Brahms es obra de carácter bien diferente y Dudamel, en este caso más intervencionista, no ahorró una considerable vena dramática. Si el primer movimiento mostró algunas asperezas y ciertos desequilibrios en el diálogo entre las diferentes secciones, laAndante alcanzó momentos de gran emotividad, a pesar de una irritante interrupción telefónica que el director venezolano gestionó con flema británica. El último movimiento constituyó un espectáculo de contrastes, con tensiones perfectamente resueltas por un Dudamel que, si bien cada vez muestra un gesto más moderado, consigue extraer de la orquesta un fulgor y una vivacidad admirables. Una vez más, hay que mencionar la calidad de todas las secciones, pero también hacer hincapié en unos metales concentrados y imbatibles.

El fin de fiesta fue una cuarta Sinfonía de Gustav Mahler espléndida, que deja para el recuerdo un tercer movimiento absolutamente conmovedor en el que la sección de cuerdas puso toda la carne a la parrilla, con una sonoridad de algodón que condujo a los asistentes, tal como quería Mahler, a las puertas del cielo . Cuando estas se abrieron, la soprano Golda Schultz intervino, con un fraseo elegante y un timbre pulposo, para acompañarnos a un final etéreo, luminoso.

La Temporada Sinfónica del Palau ha comenzado. Y no podía hacerlo de mejor manera.

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