“Los festivales de jazz suelen hacer rabia”, testifica Joan Anton Cararach, Director artístico del Voll-Damm Festival de Jazz de Barcelona. Estamos en la rueda de prensa de presentación de la 50ª edición del festival. Aniversario grueso. Medio siglo de jazz y rabia. Aquella rabia que impulsan la endogamia y la distinción. Cierta arrogancia? Nada, una olla de tópicos. Ni endogámico ni tensado. El jazz, de hecho, ha sido años y años golpeado por juicios inclementes: música nula, infantívola, primitiva. En esta celebración de las 50 ediciones, del 29 de septiembre al 21 de diciembre, Escucharemos las voces y las manos de Madeleine Peyroux, Chucho Valdés, Amadou & Mariam, Andrea Motis, Stacey Kent… La lista es larga, fecunda de talento.

Avishai Cohen. | © Stag Magazine

El festival arranca el día 29 con la combinación Jazz & Food el Moll de la Fusta. El jazz, sin embargo, ya lo venimos degustando desde hace unas semanas: el Griego ya adelantó algunos conciertos: Snark Puppy o Pat Metheny (Que recibió la medalla de oro del festival). Este Jazz & Food será la inauguración formal. Doce horas de TAL, de las 11 h a las 23 h. tocarán Che Sudaka, The Ottis Redding Show, The Black Barbies, Toni Richardson y The Ramblers Septeto. El piromusical de la Mercè también rendirá un pequeño homenaje al festival.

A partir de ahí se sucederán conciertos hasta las puertas de Navidad. Cacarach pone de relieve la apuesta por la creación catalana. Esto, en nombres y conciertos, es: la Sant Andreu Jazz Band (Jóvenes músicos dirigidos por Joan Chamorro), Andrea Motis con Ignasi Terraza, También Terraza con Antonio Serrano o Luigi Grasso, Los Amigos de las Artes (Con una propuesta “de elegante pop sinfónico”), Mar Vilaseca Quintet, Joan Vidal Sextet y tres voces que despuntan con brillo: Magalí Sare, Esmeralda Colette y abril Saurí.

Los grandes intérpretes internacionales son los preeminentes Chucho Valdés, Tribalistas, Brad Mehldau con la OBC, Bill Frisell, Avisahi Cohen, Beth Hart, Kyle Eastwood, Madeleine Peyroux, Billy Childs y Amadou & Mariam. Cararach destaca también “la pata” del DeCajón: “No tenemos miedo del flamenco”. Un flamenco de tinta jazzística. con Mayte Martín, Diego El Cigala o Chicuelo. Son un buen número de presencias que gracias a la duración dilatada del festival se podrán ver sin abarrotar la agenda. Con todo, se ha querido trenzar una programación que funcione como una antología histórica del festival.

Las cifras, redondeadas, dan una idea de la dimensión del encuentro: más de 150 conciertos, 500 músicos, una veintena de espacios de audición (en Barcelona y afueras: Cotton Club, Gran Teatro del Liceo, Harlem Jazz Club o el Teatro Auditorio de Sant Cugat, Por ejemplo). El año pasado la suma de visitantes superó los 100.000.

vulgar vicio

Durante la rueda de prensa, Cararach revisó brevemente la inicial mala fama del jazz. Allí y aquí. Citó, por ejemplo, un editorial de The Times-Picayune (Uno de los diarios más leídos de Nueva Orleans) de 1918. A Jazz and jazzism, La cabecera escupe: “El jazz es una manifestación más de los gustos vulgares del hombre que no han pasado por el lavado de la civilización”. Vicio, pasa, algo demencial. “El jazz ha tenido mala fama durante muchos años. Todavía hoy hay gente que escribe cosas muy extrañas. Críticos incluidos. Es un género ecuménico, con muchas facciones, y hay quien no admite cierto tipo de jazz “.

Saltamos en Cataluña. Barcelona, ​​años treinta. Dos artículos de 1936 siguen esa línea de desprestigio. A raíz del concierto de Benny Carter y el Quinteto du Hot Club de France, Aparecieron dos artículos racistas. El jazz es dibujado como “una vergüenza”, “una música que pasará”, “música de negros (inexistente corrección política), primitiva, que no merece estar en una sala de conciertos como el Palau de la Música”. Frederic Entregado es uno de esos críticos musicales que ataca el jazz con ferocidad.

En los pasillos jazzísticos, pero, también hay trifulca. En 1973, Miles Davis visita Barcelona para presentar un nuevo proyecto de jazz eléctrico, experimental. “Haga jazz!”, Gritaba la gente a Miles y su banda. Al menos, así lo esboza la leyenda. “Hay gente que se piensa que Kind of blue [disc de Davis] no es un disco de jazz que no swing. Es una batalla muy ridícula. La palabra jazz, de hecho, ha sido una palabra muy controvertida. Muchos músicos no se sienten cómodos en esta denominación.

Buscando la revolución

Las 50 ediciones son también el momento de cerrar los ojos y retroceder tiempo atrás. El primer festival, de hecho, tuvo lugar hace 52 años: las ediciones de 1977, 1978 y 1979 no convocarse. El principio es: en 1966 Joan Rosselló entabla un ambicioso el Festival de Jazz de Barcelona, ​​con el Dave Brubeck Quartet y el Tete Montoliu Trío. Rosselló era también el padre del Jamboree. Todo ha cambiado radicalmente: “No tiene nada que ver el Jamboree de ahora con el de entonces”. Tampoco el festival, que en 1989 pasa a ser privado, organizado por The Project, Que lleva treinta años al frente. En 1988 el Ayuntamiento de Barcelona centrarse en las Olimpiadas Culturales, lo que debía ser el gran festival de otoño de la ciudad, y decide prescindir del Festival de Jazz (veían el jazz como algo antigua).

Aquel año, The Project había colaborado con la producción de los conciertos y en 1989, cuando se entera de la decisión consistorial, piden la cesión del nombre del evento, que los se concedida. The Proyecto toma, en solitario, las bridas del festival. Hasta hoy. El evento se ha convertido en “patrimonio de la ciudad”. Una ciudad que ha podido medir las tallas de Chet Baker, Sarah Vaughan, Miles Davis. De hecho, “el jazz entró en la Península Ibérica por Barcelona”, hace ver Cararach, que aún recalca otro detalle: “Es el único festival privado de España”.

Hoy, el Festival de Jazz todavía un futuro dulce, con el horizonte marcado de dibujar el camino hasta la 75ª edición y el objetivo de recoger nuevo público. Aquel público que no llama “haga jazz!”, Los espectadores que se deleitan con la revolución de Kamasi Washington (Invitado el año pasado). El jazz ya no es aquel cae de humareda, oscuro y pequeño. Se quiere, en definitiva, crecer por el flanco del público joven (que ya tienen, “rabiosamente joven”) sin dejar abastecer el visitante veterano de una de las “enfermedades que sufrimos los blancos”, el jazz. Tenemos dos meses para enjuagarse una exquisita vulgaridad.

 

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